Adviento

PREGÓN DE ADVIENTO

Alzad la vista, restregaos los ojos,

otead el horizonte y daos cuenta del momento.

Abrid todos los sentidos, aguzad el oído.

Captad los gritos y susurros, el viento y la vida…

 

Empezamos Adviento,

y una vez más renace la esperanza en el horizonte.

Al fondo, clareando ya, la Navidad.

Una Navidad sosegada, íntima, pacífica,

fraternal, solidaria, encarnada;

también superficial, desgarrada, violenta…

mas siempre desposada con la esperanza.

 

Es Adviento esa niña esperanza

que todos llevamos, sin saber cómo, en las entrañas;

una llama temblorosa, imposible de apagar,

que atraviesa el espesor de los tiempos;

un camino de solidaridad bien recorrido;

la alegría contenida en cada trayecto;

unas huellas que no engañan;

una gestación llena de vida;

anuncio contenido de buena nueva;

una ternura que se desborda…

 

Lleno de esperanza grita Isaías:

“Caminemos a la luz del Señor”.

Con esperanza pregona Juan Bautista:

“Convertíos, porque ya llega el reino de Dios”.

Con sorpresa inaudita

acoge José a su hijo y Mesías.

Con la esperanza de todos los pobres

susurra María su palabra de acogida:

“Hágase en mí según tu palabra”.

 

Alegraos, saltad de júbilo.

Poneos vuestro mejor traje.

Perfumaos con perfumes caros.

¡Que se note! Viene Dios…

Preparad el camino.

Ya lega nuestro Salvador.

¡Despertad a la vida!

 

BENDICIÓN DE LA CORONA DE ADVIENTO

Al comenzar este nuevo año litúrgico, vamos a bendecir, como comunidad cristiana, esta corona con que inauguramos también el tiempo de adviento. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida, nuestra vida de la gracia, y la esperanza de ser mejores y unirnos más como comunidad.

Por eso, al ir encendiendo, domingo tras domingo, los cirios de la corona, debemos significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de Navidad: Jesucristo, nuestro Señor, que viene para salvarnos.

Escucha, pues, Padre bueno, nuestras súplicas: bendice (+) esta corona de adviento, y al bendecirla, bendícenos también a nosotros como comunidad, danos tu paz, tu amor y tu unidad. Ayúdanos a vencer las tentaciones. No nos dejes caer en el pecado que nos aparta de ti. Antes bien, ayúdanos a preparar la venida de tu hijo Jesucristo, Luz del Mundo, para que ilumine toda nuestra vida y nos guíe por el camino de la verdad y del bien, el que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

Amén.

PRIMER DOMINGO

¡Despiértame, Señor!

Encendemos, Señor, esta luz,

como aquel que enciende su lámpara para salir en la noche

al encuentro del amigo que viene,

para decirte que nuestra casa es una casa acogedora.

En esta primera semana de Adviento

queremos levantarnos para esperarte preparados,

para recibirte con alegría.

Muchas sombras nos envuelven.

Muchos halagos nos adormecen.

Queremos estar despiertos y vigilantes,

porque tú nos traes la luz más clara,

la más profunda y la alegría más verdadera.

¡Ven, Señor Jesús, ven!

 

SEGUNDO DOMINGO

Señor, encendemos esta vela;

Tú, que eres la luz que quieres brillar en este mundo,

abre nuestros ojos para que estemos atentos y vigilantes,

que te reconozcamos y te acojamos en medio de nuestra historia.

Danos valor para abrirte la puerta de nuestra vida,

de nuestras casas, de nuestra comunidad,

y que contigo hagamos avanzar la fraternidad y la igualdad.

Abre nuestros corazones a tu Palabra

hasta que ella sea la que guía nuestros pasos,

la que sostiene nuestra esperanza y nos hace fuertes ante la dificultad.

 

TERCER DOMINGO

¡Cómo no estar alegres si nos anuncia Juan que es el Señor quien se acerca!

¡Cómo no estar alegres si en nuestro mundo

Vemos pequeños “fueguitos”, “brotes verdes”, “margaritas en el estercolero”,

pues el Reino bulle en nuestra historia!

¡Hay más luces, en medio de las tinieblas

que iluminan nuestra sociedad!

¡Cómo no estar dispuestos a rechazar

un consumo innecesario que va esquilmando el planeta

y desvirtuando la Navidad al no dejar sitio al Señor!

El Señor está cerca, la humanidad le espera,

su pequeño pueblo, el resto, lo acogerá,

y mientras grita: “Ven, Señor, no tardes”.

 

CUARTO DOMINGO

Levántate, pueblo mío;

pueblo mío, levántate, viene el Señor.

Él brilla ya en tus calles, en tus plazas

y en los hombres donde hay amor.

Levántate, pueblo mío,

despierta porque sale el sol.

Su fuego brilla en la mañana,

El viento canta Su voz.

su reino es de justicia, de esperanza.

Su reino es de salvación.

Alégrate, pueblo mío,

ya llega nuestro Salvador;

su luz nos llena de esperanza,

su fuego alegra el corazón.

 

 

 

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