Segundo Domingo de Cuaresma

«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo»

Después de anunciar su Pasión a tres de sus discípulos, Jesús los conduce al Monte Tabor. Viven un momento extraordinario: Jesús se transfigura. Una luz divina envuelve su cuerpo humano, Moisés y Elías, es decir la Ley y los profetas, aparecen y se escucha la voz de Dios. Ahora, cuando los discípulos están a punto de instalarse en esta visión beatifica, Jesús los invita a bajar del monte y proseguir su tarea. Aquel cuyo rostro resplandece pronto será el hombre de la cruz. Entre la gloria del Tabor y la debilidad aparente en la cruz, no hay oposición, sino una unidad inquebrantable. Así, la Transfiguración fortalece la fe de los apóstoles y los prepara para la prueba de la Pasión.

También nosotros experimentamos a veces momentos de gracia en los que nuestra fe parece inquebrantable al mismo tiempo que experimentamos completamente lo contrario. La situación del mundo que nos rodea, con sus conflictos, su ritmo frenético, sus tentaciones y sus dolores nos hacen perder la fe. Pero, ¿no experimentó Jesús los mismos estados sucesivos? ¿Por qué debería ser diferente para sus discípulos?

Cristo aceptó toda la debilidad de nuestra humanidad. La gloria de Dios es inseparable de la grandeza del hombre. Por eso no debemos tener miedo a ser enviado por Dios a la Misión. Subir la montaña hoy es tomarse el tiempo de estar en silencio dentro de nosotros mismos para volver el corazón al Señor y escuchar su Palabra. Y entonces, fortalecidos por la fuerza de nuestra oración, podemos volver a bajar al llano para ponernos al servicio de los demás, para llevar un mensaje de esperanza a los más pobres, para trabajar por la venida del Reino, aunque, como los tres discípulos, no sabemos aun lo que significa «resucitar».

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